Vivir a través de los hijos…

Uno de mis mayores miedos ha sido ese.

Siempre he estado interesada en un montón de cosas diferentes: música, deportes, medicina, literatura… Me gustaba tanto todo que tuve serios problemas para escoger itinerario en Bachillerato y equivoqué mi elección el primer año de carrera universitaria, teniendo que cambiar al año siguiente.

Por eso, me ha dado miedo proyectar en mis hijos mis propios deseos, mis propias inquietudes… Es difícil contener la emoción cuando demuestran interés genuino por una de mis pasiones. Me resulta complicado no “empujarles” para que vayan en cierta dirección. Y eso que lo contrario tampoco es positivo, pienso yo. Hay que alimentar sus intereses, ayudarles a ser constante porque… ¿cuántas cosas se me habrían quedado en el tintero si mis padres no me hubiera enseñado a perseverar?

Amo la música y, por el momento, los dos son seres musicales de forma natural. Están aprendiendo música en casa, pero aún no les llevo a ningún tipo de enseñanza reglada. Quizás por mi experiencia agridulce de parálisis creativa y mucha técnica. Me siento con Stella a tocar el piano, su padre enseña acordes guitarreros y ritmos en la batería a Lucas, cantamos juntos, bailamos juntos… pero, por ahora, no hay intención de llevarlos a clases de instrumento.

Mi hija tiene el ritmo en el cuerpo y, como aún es pequeña, no tenía muy claro lo de apuntarle a clases de nada. Tampoco me decidía entre todo lo que me ofrecían. ¿Qué será mejor para ella? ¿Ballet?… pero, ¿no será demasiado rígido para mi pequeña de espíritu libre? ¿Danza moderna? La escuela más cercana está lejos, y mi horario de trabajo dificulta mucho las cosas…

El caso es que desde hace meses, Stella no quiere ver dibujos en la tele. Siempre me pide ver los Europeos de Gimnasia Rítmica. Lo mira fascinada y luego intenta copiar cada paso, cada gesto, cada coreo… La gimnasia rítmica es una de las cosas que abandoné de pequeña aunque la disfrutaba mucho. Tuve que elegir por horario entre la música y la gimnasia. Pero hubo otros motivos que me hicieron decidir: no estaba interesada en competir, me gustaba practicar pero mi interés por campeonatos y demás era nulo; una entrenadora me dijo claramente (a los ocho-nueve años) que mi cuerpo no era propio de una gimnasta (culona, bajita y piernas cortas, por citar palabras exactas)…

El caso es que no quiero forzar con mi entusiasmo a mi niña. Me hace feliz pensar que lo va a disfrutar tanto como yo lo disfruté… pero me da terror que se adentre en un mundo competitivo y exigente hasta el punto de perder la motivación real. Buscando y rebuscando, he encontrado a una profe-gimnasta maravillosa, más interesada en el disfrute de los niños (sí, sí, digo niños porque en su clase hay niñas y niños) que en “exprimir” las cualidades para la competición. Así que vamos a probar, no diré que no estoy un poco tensa… pero ver su cara de felicidad merece la pena.

Pienso que es importante abrirles el abanico de posibilidades y que ellos vayan eligiendo lo que de verdad les interesa. El problema que he visto a menudo es la falta de continuidad que provoca el tener tantas opciones. Tengo alumnos que han empezado diez cosas diferentes y sólo tienen 9 años. No veo mal que prueben de todo un poco… pero también he visto a adultos frustrados por no continuar con las aficiones que empezaron de niños.

Para mí, que soy cabezota y termino las cosas aunque sea dándome golpes contra la pared, esa no es una opción; yo voy a fondo con lo que decido.Reconozco que es una premisa inculcada por mis padres y acentuada por mi carácter. Pero para mis hijos, quiero intentar ser más abierta de mente y dejarles probar hasta que den con lo que les llene de tal manera, que nunca se cansen de aprender.

No vivir a través de ellos mis sueños, sino que ellos fabriquen y disfruten los suyos propios. Esa es mi elección, esa es mi meta.

(Imagen destacada tomada de la campaña realizada por la gimnasta Almudena Cid para la marca Nike)

La cuerda floja

Así siento que camino a veces, sobre la cuerda floja, haciendo equilibrios delicados entre lo real y lo imposible. Estos meses han sido un camino lleno de obstáculos, de porrazos tremendos, de inestabilidad, estrés  y trabajo. Claro que también han sucedido cosas buenas, momentos gloriosos y he tenido estabilidad (sobre todo respiros familiares y abrazos…menos mal).

He aprendido mucho sobre la importancia de la comunicación. No sólo basta con que yo comunique y los demás me comuniquen a mí. Afecta a mi persona el hecho de que mi entorno no sepa comunicarse con los demás. Afecta a mi trabajo, afecta a mis relaciones sociales, a mi bienestar, a lo que están a mi alrededor, a mis hijos, a mi marido…

¿Cómo podemos mejorar nuestra comunicación con los demás?

  •  Lo primero de todo es: no tengas miedo. Comunica lo que debas, sin miedo, con buena actitud, con empatía… pero sin miedo que anule o envuelva el mensaje en una neblina incomprensible.
  • No presupongas nada. Explica muy bien tus expectativas, lo que esperas del otro o de un trabajo o de lo que quiera que estés tratando en ese momento. Por muy obvio que parezca, da pelos y señales. Evitarás millones de confusiones y malentendidos a posteriori.
  • No pierdas de vista el objetivo final. No te vayas por las ramas, ni te enredes en nimiedades. Explica de grande a pequeño. Es decir, asegúrate de que han comprendido la idea principal…los detalles se pueden  (y se deben) aclarar después.
  • Si es a ti al que te están explicando algo, escucha atentamente y pregunta sin miedo cualquier duda que te surja. Si eres el comunicador y no el receptor, despeja las dudas de éste. Mantén las coletillas de: ¿alguna duda? ¿tienes alguna pregunta? para romper el hielo y favorecer el diálogo. A veces cuesta preguntar si la otra persona te intimida, aunque sea sin querer.
  • Tu actitud es importante. Sé amable, sé claro, sé firme, sé cercano…
  • Antes de comunicar, es importante tener claro en tu mente el contenido. Organiza tu mensaje.

¿Cómo afecta la falta de buena comunicación?

  • Dificulta la consecución de los objetivos.
  • Retrasa el trabajo o entorpece el proceso.
  • Crea un mal ambiente de trabajo, ya que esperas algo de los demás que quizás ellos desconocen. “No cumplen con su trabajo” porque no se les ha explicado en qué consiste.
  • Genera ansiedad, frustración y enfado.
  • Destruye el trabajo en equipo y la confianza en los demás.
  • Propicia mal entendidos, que en ocasiones no pueden aclararse más tarde.

Repito lo que ya he dicho en otras publicaciones: no soy psicóloga, ni experta, ni tengo todas las respuestas ni la mayor experiencia del mundo. Estas son mis observaciones y los consejos que me doy a mí misma. Los comparto por aquí con la intención de ayudar a quien le venga bien y recibir vuestros consejos.

Generosidad.

No soy católica, nunca lo he celebrado; no hice la Primera Comunión y jamás hice Catequesis… pero sé que estamos en Cuaresma.

Este principio te puede sonar raro, pero es totalmente necesario para explicarte de qué va esta entrada.

Resulta que durante el tiempo que estuve en Inglaterra, varios de mis amigos estaban celebrando Lent. No tenía ni idea de lo que eso significaba así que mi sorpresa fue mayúscula al buscar en el diccionario y encontrarme con la palabra Cuaresma. La cuaresma que yo recordaba en España, consistía en no comer carne los viernes o algo así. ¿No? No tenía ni idea de por qué alguien querría celebrarlo y menos en Inglaterra, entre estudiantes… que lo de comer carne es un lujo muy esporádico.

Ellos me explicaron que celebraban Lent de manera diferente. Para ellos era un tiempo de quietud y reflexión, en el que se autoexaminaban a sí mismos e intentaban depurar aquellas cosas que no eran buenas en su actitud vital o planes. Me pareció interesante y me propuse hacerlo alguna vez. Y aquí estoy… más de una década después, practicando cuaresma de una forma distinta…

Un amigo me pasó un link de una organización que ha decidido centrar este tiempo del año en la Generosidad. Cada día, te plantea un nuevo reto que cuenta con varios niveles, dependiendo del tiempo que estés dispuesto a usar. El nivel verde es el que te llevará menos tiempo, el nivel amarillo es un poco más extenso y el rojo es para cuando te quieres involucrar de verdad en ese tema específico.

La verdad es que me ha ayudado mucho. He hecho cosas sencillas como dar las gracias, apreciar el trabajo de los demás en público, regalar chocolate, dejar una nota amable a los vecinos, retomar el contacto con algunas personas, donar ropa y juguetes… Y otras un poco más difíciles como pedir perdón, hacer compromisos y cumplirlos, cambiar de actitud frente a cosas que me estaban limitando y muchas otras que se quedan en lo privado.

En definitiva, estoy disfrutando tanto de estos pequeños retos diarios, que casi me da pena que se acaben y llegue Pascua.

Independientemente del tiempo del año en que se hace, creo que es un buen proyecto personal el autoexaminarse y concederse un tiempo de reflexión, de hacer una parada en el camino, de profundizar, de cmabiar algunas cosas, de sacar espinas infectadas, limpiar, renovar y tomar impulso para seguir hacia delante.

Ser generoso te libera. Ser generoso ayuda a los demás. Ser generoso te hace traspasar barreras y límites, rompe resistencias y abre puertas. Ser generoso en pequeñas cosas les puede alegrar el día a otros. ¿No me crees? ¿Por qué no te atreves a probar? 

Si quieres echar un vistazo a la página de la organización que te he comentado puedes entrar aquí o si no te apetece seguir algo establecido o te da pereza que sea un tema “religioso”, puedes crear tus propios retos, pero te animo a que te inspires y te atrevas en algún momento con estos pequeños atrevimientos que hacen la vida mucho más bonita.

 

Autoestima y niños.

Con tristeza, descubro que una niña muy querida para mí está en tratamiento por anorexia. Su madre está destrozada y me pregunta si yo noté algo, en algún momento, que me pareciese sospechoso. Ella se autoinculpa, busca su parte de responsabilidad y revisa conductas “extrañas” de la niña. Según me cuenta, le ha confesado que desde hace tiempo en el cole un grupito de niñas se metían con ella llamándole fea y cosas por el estilo. Tengo que decir que la niña en cuestión sólo tiene 10 años. Ni siquiera es adolescente.

No soy psicóloga, ni quiero ceñirme sólo a este problema, pero sí me ha hecho reflexionar sobre qué podemos hacer para proteger a nuestros hijos de todos estos problemas. Se me ocurren, como madre y como educadora algunas ideas importantes.

  •  No les ignores. Y suena fuerte, pero os sorprendería la cantidad de niños que de forma espontánea me han contado en el último año que sus padres están whatsappeando todo el día, incluso cuando “pasan tiempo con ellos” o que sus padres nunca hablan entre ellos porque uno ve la tele y otro está con el móvil. Hazles sentir merecedores de tu atención, escúchales de verdad (así ellos querrán hablar contigo), no menosprecies sus problemas, ni ridiculices lo que te cuentan (“eso es una tontería, hijo”)…
  • No les trates como inútiles. Ellos pueden ir haciendo cosas y compartiendo tareas. Déjales que tengan pequeñas responsabilidades y que se sientan parte de la familia colaborando con las cosas. Les hace sentir “mayores” y les ayuda a ver la vida desde una perspectiva más realista.
  • Crea momentos para que pueda socializar con toda clase de niños. A veces no apetece nada. Soy honesta, me cuesta horrores ir a cumpleaños del cole donde siento que no tengo NADA en común con las otras madres… pero les quiero dar la oportunidad a mis hijos de que abran su círculo de amistades y conozcan más gente.
  • Marca límites, desde el principio. Nunca es demasiado pronto y nunca es demasiado tarde (aunque sí es más difícil cuanto más tarde se empieza). Los límites no son castigos, los límites les hacen sentir seguros. Saben lo que les pides y saben exactamente cuándo los están traspasando. Si quieres saber más de este tema,  mira aquí. Ella lo explica fenomenal y te da ejemplos prácticos de cómo empezar a practicarlo. Es un proceso largo pero merece la pena.
  • Por favor, no compares nunca a tus hijos entre ellos o con otros. Ni porque sean “mejores” ni porque sean “peores”. Es más, intenta hablar siempre de las cosas positivas de los demás. Nunca le digas ERES, si no ESTÁS haciendo esto o eso mal. Si evitas comparar, evitas las etiquetas de las que siempre reniego tanto. 😉
  • Déjale mancharse, equivocarse, irse por la ruta más difícil durante el paseo por el campo… ¿Se ha equivocado? Anímale y, juntos, pensad en otra forma de hacerlo que tal vez habría funcionado mejor. Mis hijos tienen mucho carácter y he aprendido que a veces es necesario que pongan en práctica la idea que tienen en la cabeza en lugar de repetirles mil veces cómo lo haría yo. Aprenden y tú no te frustras ni les haces sentir inferiores.
  • Diles siempre las cosas que han hecho bien, valora su esfuerzo con palabras… Que siempre puede acordarse de ellas en los momentos difíciles.
  • No se te ocurra criticar sus defectos delante de otros o hablar de ellos cuando estén delante, como si no existiesen. No, no le abras la puerta a otras personas a que puedan criticar a tus hijos. Si estás enfadada… cierra tu boquita, respira hondo y busca la forma de no canalizarlo a través de malas palabras.
  • He comprobado también cuánto les afecta a mis hijos que yo me critique a mí misma… Ahora jamás lo hago con ellos delante y procuro no hacerlo aunque esté sola. Me cuesta un montón, pero es algo positivo para ellos y para mí. Recuerda que eres su mamá, te quieren y que no te quieras…les duele.
  • Sus sentimientos son importantes, ellos son importantes; son seres individuales, personitas… no sólo un ente difuso denominado “hijo”.

No digo que si lo haces, nada le pasará a tu hijo. La vida es complicada y a veces, no podemos evitarles sufrimientos ni ciertas situaciones… pero debemos darles herramientas para poder resistir y salir victoriosos. Y estar con ellos cuando caen y sufren.

¿Cómo reforzáis vosotros su autoestima? ¿Algún consejo?

Incursiones.

El coche…

Ese maravilloso lugar donde puedo escuchar música a solas. Ese rincón secreto donde puedo sacar mi vena más hortera y nadie me lo recrimina. El escenario donde puedo cantar a grito pelado y lanzar un par de gallos sin que nadie me mire mal (mi mayor crítica es mi hija de cinco años).

La música en el coche es mi fiel compañera diaria de trayectos, como estoy segura de que lo es para muchos de vosotros. En mi bólido no funciona la radio, que tanta compañía me hacía, así que ahora aprovecho para rememorar discos viejos y cintas con el título borrado por el uso.

Ayer encontré un fantástico mixtape que me regaló Marcus, en uno de nuestros viajes pre-ser padres que hicimos a Alemania. Aquel momento liberador de bailar, montar en bici, tomar cervezas XXL por la calle, recorrer parques, perder trenes e ir a clubs clandestinos. Y aunque yo no soy muy entendida de música electrónica, quería compartiros unos favoritos de aquellos maravillosos años que tanto me han hecho sonreír en mi pequeño refugio musical con ruedas.

Ratatat– os pongo “Mirando” un track del 2008 que me encanta. No es de los más conocidos, pero… para mí, es un temazo. Ayer, conduciendo y escuchando, me sentía como si me fuera a comer el mundo.

Daft Punk– los favoritos de Stella, que puede estar cantando Around the World una hora seguida (sin exagerar) en el metro.

Air– Porque hablando de franceses, no puedo NO nombrarles. Los más cinéfilos los conoceréis por esta canción o esta. Pero tienen muchas dignas de escuchar.

Kraftwerk– estos viejos dinosaurios son los favoritos de Lucas. Les molan los robots, por si no os habíais dado cuenta.

JusticeD.A.N.C.E

Prodigy– En un blog sobre maternidad, está un poco feo poner este link, pero… aaaamigos, antes de ser madre, ya era persona. 😉

Metronomy– porque después de algo como Prodigy, viene bien relajarse con la otra versión ligerita de la electrónica más pop.

Hot Chip– Los últimos. Electropop en estado puro. Su canción más exótica que me pone a bailar sí o sí.

No pretendo para nada hacer un recorrido por la música electrónica porque estas sólo son algunas joyitas que he encontrado en un viejo mixtape que me regaló un gran amigo… pero quería hacer una incursión en estilos que a veces abandono y que también me gustan.

Y vosotros, ¿habéis escuchado algún CD de otros tiempo últimamente? Contadme vuestros favoritos. Compartir música es compartir alegría.

¡Motívate!

El otro día hablaba con mi jefa sobre las expresiones que escuchamos en clase a diario.

Es curioso escuchar no sólo a los adolescentes, sino a los niños, usar el lenguaje y crear nuevas etiquetas. A veces me horrorizan sus expresiones, no tanto por las palabrotas (que a veces son cosas que no escucho ni en boca de adultos), sino por el contenido de sus mensajes.

Nos llamaba la atención especialmente el “eres un motivado” para expresar algo negativo. Usar la palabra motivación para etiquetar a alguien que es un flipado, que se inventa historias para impresionar a los demás o como diría mi madre, que es una Antoñita la fantástica… me choca muchísimo.

Me preocupa que identifiquen algo tan importante como el estar motivado con actitudes negativas. Este concepto esencial no sólo para la Educación sino para la Vida en general. Sin motivación nadie se pone en marcha. La motivación es la que empieza los grandes proyectos, la que te lleva a terminar lo que empiezas, la que te hace soñar, la que te empuja fuera de la rutina.

Yo lo reconozco, soy una motivada. ¿Y tú?

¿Os llaman la atención algunas expresiones que confunden un término positivo dándoles una connotación negativa? Contadme, por favor.

Las emociones.

Los seres humanos experimentamos las emociones desde el primer momento de nuestra vida. A medida que pasa el tiempo, aprendemos a reconocerlas, expresarlas, comunicarlas a los demás, canalizarlas, disfrutarlas… Es todo un proceso. Un proceso largo y lento que yo comparo con el camino de un caracol.

Me he visto reflejada en este símil más de un millón de veces. Yo soy así. Paso por la vida con mi sensibilidad (hipersensibilidad problemática, para describirme más exactamente) y cuando las emociones son muy intensas y me hacen mucho daño, me meto en mi “casa-caparazón” donde nadie más que yo puede entrar. Me quedo ahí un tiempo, mientras reflexiono y se me pasa el miedo… y cuando me siento un poco más segura, vuelvo a salir… a arrastrarme por este proceso de convivencia con las emociones.

Si para un adulto es complicado, en el caso de los niños el manejo de las emociones da un giro de tuerca más. Sí, es posible. Comprended que un niño no es capaz de poner en palabras lo que siente, que a veces ni siquiera reconoce qué es lo que le está pasando… por qué se siente así o asá es todo un misterio indescifrable y sólo quieren soltarlo. De cualquier modo. A veces con rabietas, otras con llanto; quizás con pesadillas o síntomas físicos (malestar, enfermedades…etc), en ocasiones a carcajada limpia…

Ayer recogí a mis hijos en el colegio. Todo parecía ir bien: besito, ¿cómo ha ido el día?, ¿qué tal lo has pasado?bien, mami; tengo hambre, vamos a casa… Lo típico y normal. Pero no.

Resulta que al llegar al coche, al cerrar las puertas, abrocharse el cinturón, acabar con la rutina… Mi hija rompe a llorar como si no hubiera un mañana. Un llanto desconsolado, aparentemente sin motivo; un llanto que no me hacía pensar en dolor físico, ni golpes, ni peleas con su hermano. Un llanto que me desconcierta… y más tratándose de ella, que normalmente no es tan sentida.

Cuando se logra calmar me explica que en clase. su profesora ha quitado el rincón de los disfraces que tanto le gustaba. Yo sigo sin comprender el por qué de la profundidad de su llanto. Y al final, me transmite la razón real. “Lloro aquí porque si lloramos en clase, XXXXXX (dícese su maestra), nos pone una carita triste en la mano CON ROTULADOR para que no se nos borre y en la tabla de comportamiento“.

Intento razonar con ella mientras me late el corazón a mil. Le intento explicar que tal vez eso sea cuando los niños están llorando todo el rato o similar. Y ella repite que no, que es a quien llora. Porque ya son mayores. Y los niños mayores no pueden estar llorando en clase. Y además, al que se queja todo el rato, le ponen en el rincón de pensar con un chupete colgado al cuello.

Se me cae el alma a los pies. La represión de los sentimientos y las emociones en la escuela llevada al límite. ¿Realmente no vemos el daño que les causamos a los niños pidiéndoles que escondan, oculten, repriman y guarden para sí cualquier tipo de emoción que nos “moleste” a nosotros, los adultos?

Así que, como no puedo cambiar la realidad cotidiana de mi hija y su clase seguirá siendo su clase, le he recalcado que, en esta familia, todos podemos sentirnos tristes o alegres, o enfadados o lo que sea… que podemos reírnos, llorar, enfadarnos o refunfuñar. Pero sobre todo que podemos decirlo, buscar consuelo, compañía o comprensión, que nos podemos contar las cosas y ayudarnos. Que eso no está mal. Que las emociones son buenas y que en casa nos gustan.

Espero nunca llevar a un niño a callar sus emociones en mis clases. Espero ser más sabia.

Bienvenido año…

Hasta nunca 2014.

De ti voy a intentar olvidar ciertos momentos que me hicieron llorar, bloquearme por el miedo o angustiarme. No es tu culpa; todos los años, en menor o mayor medida, ocurren estas cosas que todos desearíamos que no sucediesen: el adiós a un ser querido, una experiencia dura, una enfermedad, un accidente propio o de alguna persona cercana, tensiones en el trabajo, malentendidos…

Hasta nunca 2014.

Gracias por todos esos otros momentos en los que he reído, llorado de emoción y alegría, crecido, madurado, vencido a mis “nopuedoconeso“, disfrutado de la vida… Tampoco tiene que ver con que seas año par o impar. No soy supersticiosa pero, ya sabes… me gusta dar las gracias.

Hasta nunca 2014.

Llega el 2015 y lo pienso aprovechar. Los días pasan volando ahora. Será la edad, será el ritmo de vida, será que estoy feliz y cuando uno sonríe, el tiempo parece ir en allegro en lugar de en andante… Será lo que sea, pero quiero exprimir los segundos. Me siento agradecida, bendecida, afortunada, querida, comprendida y sostenida. Este año quiero seguir viviéndolo abierta a las cosas buenas… cerrando las heridas que haya podido hacerme en el camino, trabajando esas cosas de mi carácter que me molestan; aceptando a los demás como son, amándolos lo bastante como para que quieran seguir caminando.

Este 2015 quiero seguir cerca de los que están lejos de mí… pero a los que quiero hasta el infinito y más allá. Este año quiero crecer como persona, como mujer, como madre, como compañera de vida, como amiga, como maestra, como música, como hija…

La meta no está cerca, pero me conformo con dar pasos a veces de hormiguita, a veces de gigante. Me conformo con no detenerme en las piedras..

No puedo ni quiero volver atrás; me extiendo a lo porvenir.. porque the best is yet to come. Seguro.

Feliz 2015 a todos. Feliz año de nuevas oportunidades y esperanzas. Mis mejores deseos y mi cariño sincero para todos vosotros.

El ratoncito Pérez

Cuando nació, a Lucas le regalaron un juego de mantita, peluche y cajita para los dientes. Para cuando se le cayeran los dientes…quiero decir. Una caja de madera, con una jirafa en la tapa…preciosa. La caja en cuestión ha sobrevivido a unas cuantas mudanzas y una niña pequeña obsesionada con esconder “sus” tesoros.

Yo me sentía súper preparada para cuando llegase este momento…aunque lo veía lejano. “Tengo la cajita de los dientes…desde hace seis años. Que se caigan esos dientes cuando quieran”. Pensaba yo, ilusa de mí.

Así que llegó el día. A Lucas se le empezó a mover un poquitín el diente. Yo creo que la emoción me nubló el pensamiento. Sentimientos de alegría, de pánico al ver lo rápido que pasa el tiempo y de emoción porque mi niño se hace mayor. Pensé que el diente se le movería unos días antes de caerse pero…no. El diente se le cayó esa misma noche. Antes de acostarse.

Metimos el diente en la cajita. Lo pusimos al lado de la lámpara y se acostó. A eso de las doce…decidimos acercarnos a poner las monedas y recoger el diente.

Y fue en ese momento cuando saltaron todas las alarmas. Mamá rebuscando en el bolso, monedero, coche….ni un céntimo. Siempre tengo montones de monedas. En ese momento ni una. ¿Cómo es posible? Pues la maldita ley de Murphy se cumplió otra vez.

No pasa nada…tranquilizate, Noemí. Marido siempre tiene monedas para el café en el trabajo. “No te vas a creer lo que me ha pasado…no tengo monedas. ¿Me dejas de las tuyas para ponerlas donde está el diente?”

Su cara fue todo un poema… Exacto. Él tampoco tenia ni una sola moneda. Me dio tal ataque de risa que casi despierto a los niños. Reírme por no llorar, claro.

Creo que alguna vez he comentado que vivo en medio de ninguna parte, así que la opción de sacar dinero del cajero y cambiarlo en monedas en cualquier bar tampoco era una solución factible. Coger el coche, vestirse otra vez…

Al final, en el momento de mayor desesperación, una mala idea cruzó mi mente. Me sentí ruin y mala madre pero era la única solución: Abrimos la hucha de los niños, cogimos un par de monedas y las cambiamos por el diente con la promesa de devolver los dos euros al día siguiente.

Con mala conciencia nos metimos en la cama, esperando que Lucas se emocionase al encontrar las monedas por la mañana. Lucas se levantó emocionado…todo en orden. Encontró las monedas…todo perfecto. Quiso echarlas en la hucha…mal rollo. Comentó: Esta hucha pesaba más antes. Glups.

Se le mueve otro diente…así que, por si acaso, ya tengo una reserva de monedas en el cajón. No me vuelven a pillar sin blanca. He dicho.