Días de confinamiento, días de lluvia, días de verde y amarillo desde la ventana, de amapolas que salpican de rojo el campo de margaritas que se extiende ante mí.

Semanas de mirar por el ventanal pero no ver lo que hay delante. Semanas de ver los campos de trigo moverse con el viento y pensar en el océano.

Meses de echar de menos, imaginar que estoy en otro lugar escuchando las olas y las risas de los míos.

Si me concentro mucho, siento la brisa salada en la cara y cómo mi pelo se vuelve loco con la humedad. Si cierro los ojos, escucho el rumor de las olas y siento la arena calentita en mis manos.

Esto también va a pasar. Pronto. Espero. Deseo.

Reactivar un blog no es fácil. Es como dejar en pausa la vida y luego seguir, como si nada hubiera pasado.

Este año está siendo una pausa obligada en muchas áreas. Se han acabado las risas con los amigos en directo, los abrazos al verse, el jaleo en las calles que siempre asoma en primavera, el poder dar vueltas por ahí sin justificación alguna, los trabajos, los estudios, algunos proyectos, las salidas, los conciertos, los negocios, la intimidad, el silencio… Ahora nunca estoy sola y al mismo tiempo, el sentimiento de soledad es fuerte.

Reactivar una vida no es fácil. Es como dejar un blog en blanco mucho tiempo y luego seguir escribiendo, como si nada.

Escribir estos años ha sido imposible. No sólo por falta de tiempo, sino por falta de ganas, de motivación y enfoque. ¿Qué puedo compartir que sea valioso? ¿Escribo para compartir o escribo porque quiero? Escribir es imposible cuando no te da tiempo a digerir y poner orden. Y no hace falta caos para que te falte el tiempo.

Reactivar la creatividad no es fácil. Es como dejar un cuadro en boceto durante años y luego seguir pintando, como si la pintura siguiera fresca.

Pero a veces las pinturas se secan y se quedan viejas. Ya no sirven. Y te toca reponer todo lo que se ha desperdiciado. Cuesta un poco, pero vale la pena.

Volver a tocar música no es fácil. Es como parar de tocar tu instrumento favorito un día y no volver a sentarte frente a él durante años; y cuando vuelves a mirarte en su reflejo, sonríes pero miras con miedo. ¿Serás capaz de hacer que suene algo bonito otra vez?

¿Seré capaz?

Barking up the wrong tree

Todos los días veo noticias, leo comentarios y estados en redes sociales de gente enfadada. Gente que se enfada y lanza críticas a sus vecinos por salir con los niños sin mascarilla, o por salir a hacer deporte y tirarse más de una hora…gente que critican a los sanitarios, a los políticos, a los artistas, a los escritores, a los científicos. No sólo sucede aquí, está ocurriendo en la mayor parte del mundo.

Esta cuarentena hay mucho ruido, aunque alrededor haya existido más silencio que nunca. Puede parecer una paradoja porque tanto silencio ha habido, que la gente de ciudad se maravilla con volver a despertarse con el sonido de los pájaros cantarines en primavera; pero a la vez, hay tanto ruido que me da angustia salir de mi refugio, de mi cueva, porque no puedo soportar las peleas e insultos constantes.

No hay que tener la piel demasiado fina en momentos así. Son momentos difíciles en los que jamás nadie va a hacer todo al gusto de todos, o más bien, hacer todo correctamente al criterio de los demás. No digo que haya que coartar la libertad de expresión. Eso no me parece solución. Lo que sí apunto, es a que deberíamos revisar cuidadosamente la forma en la que expresamos nuestro desacuerdo. Creo que nos falta práctica en decir nuestra opinión y hacer que se escuche, pero de manera constructiva. Opinar en base a cosas reales y no opiniones ajenas o verdades incompletas, relativas o basadas en mentiras, simple y llanamente. Hablar críticamente con respeto, sabiendo cuál es nuestra parcela de conocimiento o experiencia, respetando y validando a la gente que tiene más que decir que nosotros. O a la que tiene mucho que aprender.

Porque si no revisamos nuestra forma de expresar desacuerdo o incluso enfado, sólo estaremos equivocándonos de nuevo sin encontrar la solución, ladrando como perros furiosos, mientras todo se destruye.

Es una oportunidad de oro. Don´t keep barking up the wrong tree!

 

Emotions

Las emociones en esta pandemia vienen como las náuseas, en oleadas. Tan pronto me llena el miedo, como la paz, la incertidumbre como la rabia. Difícil de controlar porque viene la emoción y me arrasa.

Y tengo que concentrarme en detalles pequeños, para no dejar que me arrastren. Igual que cuando no quiero vomitar. Fijándome en pequeños detalles que me ayudan a focalizar y controlar la ola de angustia. Te enfocas en observar los azulejos del baño, en sus patrones, en sus colores o formas geométricas, respiras despacio, te refrescas, piensas en bajar el malestar, te centras en tu cuerpo, en sus reacciones…

Poco a poco se pasa la angustia; despacio, el cuerpo deja de tener síntomas bruscos. Hasta la próxima ola.

Knackered…not.

Cada uno en su cueva…y yo, alrededor de la fogata, esperando cantar canciones, compartir historias y reír con los chistes de los demás.

Cada uno en su pompa, en su burbuja, flotando en su propio universo. Mientras tanto sigo clavada a la tierra, esperando, con los pies mojados, la compañía que no llega.

¿Sentirse sola es egocéntrico? ¿Escuchar canciones tristes para camuflar la decepción es victimismo?

Llega la noche, sale la luna… me entran unas ganas locas de bailar. Lo hago, no paro hasta que me duelen los pies. Me siento, miro hacia vuestras cuevas, os llamo…no hay respuesta y me quedo dormida al calor del fuego. Despierto; no estáis. Las cuevas están vacías, del fuego sólo quedan cenizas y de mi alegría, migajas.

Hoy duermo en mi cueva, pero mañana vuelvo a bailar hasta que todos rodeemos la fogata. Prometo no parar.

 

Hectic years

Hace tiempo que dejamos atrás las nanas en nuestro hogar. Ahora todo es rock´n´roll, ritmos rápidos y menos infantiles. Hace tiempo que tengo en casa a pequeñas personitas cada vez más autónomas y mayores.

Siguen siendo niños, pero dejaron atrás la etapa de la ternura a secas. Ahora tenemos ternura, hartura, caradura, travesuras, risas, frustraciones, malos humos, cabezonerías variadas y ganas de abrazarles hasta que el mundo se acabe.

Crecen, crecen y no paran de crecer.
Pero crecer duele aunque crecer también da fruto.
Crecer no es opcional. Es algo a lo que te enfrentas así, de repente. Todos los días sucede, aunque sólo seamos conscientes de vez en cuando.
Crecer duele…y hablo como adulta. Dejar la rigidez en la que te sentías seguro y abrirte a ser flexible y renovarte, da miedo. Perder a personas importantes para ti y tener que seguir adelante, es un desafío enorme.

Por eso, de camino a la estación donde la vida resurge, me pido a mí misma valentía para asumir los cambios con alegría y tranquilidad, amor para perdonar lo que no entiendo y flexibilidad para seguir creciendo.

En eso de crecer, mis hijos son unos expertos.

Bienvenidos otra vez a esta, mi casa en las redes para seguir compartiendo mucha vida, música, luchas y alguna que otra nana, por los viejos tiempos.

 

 

Pop en femenino.

Si piensas en mujeres feministas del  pop, estoy segura de que las primeras imágenes que visualizarás serán Madonna, Gwen Stefani, Alanis Morrissette…incluso Beyoncé (who run the world?).

Algunos me dirán que pueden remontarse incluso más allá y recordar canciones hecha himnos de las cantautoras de los sesenta y setenta. O la Movida madrileña (¿A quién le importa lo que yo haga?).
A todas ellas te respondería que sí,que han sido mujeres reivindicativas, con canciones fuertes, llenas de letras contundentes y ritmos poderosos.
Pero sin duda, pocos asociarían a la dulce y alegre Leslie Gore como una de las primeras mujeres activistas feministas en el mundo del pop. Sus hits de los sesenta, canciones que puede tararear cualquier generación tales como “It’s my party” o la alegre “Sunshine, lollipops and rainbows ” parecen alejarla de los estereotipos de mujer fuerte e independiente. Pero no te dejes engañar. Tras su apariencia de eterna adolescente, sus melodías suaves o su voz reposada, está el archifamoso “You don’t own me“, una canción que me fascina porque es un gol en la portería del machismo en toda regla. Y, actualización de última hora, la acabo de escuchar en la radio versionada por una tal Grace que la ha refrito con un poco de hip-hop. Estas cosas que pasan en el mundo pop actual, agotado de ideas.
Leslie Gore, que nos dejó el año pasado, fue de las primeras cantantes que se atrevió a cantar a la independencia femenina. No le hicieron falta ritmos frenéticos, estribillos pegadizos ni enseñar mucha piel. En una canción dulce, de tonalidad menor en las estrofas y  tonalidad mayor en el coro, lanza uno de los mensajes más poderosos que podía difundir: No eres mi dueño. No me posees. No soy uno de tus juguetes. No te pertenezco.
A sus 17 años, esta joven neoyorquina de familia judía, es una de las precursoras de los movimientos musicales feministas. Cierto es que ella no fue la compositora de ESE tema en concreto…fueron hombres concienciados los que se atrevieron a poner en boca de mujer este mensaje tan importante, para que se le diese su lugar al mensajero también. La música es poderosa, ojalá siempre la usásemos para transmitir mensajes que cambiaran la sociedad.
Os invito a que escuchéis You don´t own me con atención para que podáis disfrutar la letra

Pequeños emprendedores y una receta de regalo.

Pues sí, ya sé que esto no es un blog de recetas; en realidad, esto es un batiburrillo de cosas que hago, pienso,  observo o experimento. La cocina me interesa porque me encanta la comida y disfruto cocinando, pero además, tengo una razón poderosa para escribir una receta hoy.

Desde hace dos semanas, Lucas y Stella están jugando a tener un restaurante “real” en casa. Empezaron con una oportuna comunicación a nosotros, sus padres:

Mamá, daddy, we are going to have a restaurant. We want to get some money.

– (Con cara de pasmada) ¿Qué? ¿Dinero? ¿Restaurante? Explica despacio, anda.

Sí, sí. Vamos a mandar un whatsapp con tu teléfono a todos nuestros amigos “mayores” (esto es, mis amigos que ellos se han apropiado…jajajaja) y les vamos a invitar a que vengan al restaurante. Pero tienen que pagar por lo menos tres euros. 

Durante esta conversación con mi hijo mayor, la pequeña asiente y refuerza con palabras como: sí, restaurante, amigos, dinero.

Yo estoy alucinando en colores. No entiendo la parte del dinero, así que tiro del hilo un poquito más.

Estamos jugando a crear empresas. Queremos ganar dinero para que te compres un coche que tenga música y aire acondicionado.

Ahora entiendo. El Citroën Saxo no les parece un bólido adecuado. La verdad es que en verano es infernal. Mis pequeños emprendedores están hartos de su madre y su medio de transporte.

Lo sorprendente (además de su forma de expresarse…os prometo que no sé de dónde sacan lo de “crear empresas”) es que ya tienen plan de acción; en cuestión de dos horas han buscado un nombre, han elaborado una carta y me presionan para ayudarles a hacer el recetario y probar comidas que puedan funcionar.

Yo les sigo el rollo porque con la tontería están escribiendo, dibujando, cocinando conmigo, sumando, restando y sobre todo… pasándoselo genial.

Así que estos días hemos hecho desde bizcochos hasta curry, pasando por heladitos, macedonias de frutas, cake pops, sopas de verduras varias, etc. No os puedo desvelar la carta ni el nombre del restaurante hasta que no abran oficialmente el fin de semana que viene.

Hoy os dejo con uno de sus platos estrella, sólo apto para personas con cierto gustillo por las especias.

Así queda...

Así queda…

QUESO PANEER (para curry vegetariano)

  • INGREDIENTES:
    • dos litros de leche entera (si es fresca, mejor)
    • 1/4 de vaso de zumo de limón
  • CÓMO SE HACE:
    • Pon a hervir la leche en una olla o cazuela. Es muy importante que lo remuevas todo el rato para que la leche no se queda pegada en el recipiente.
    • En el momento de ebullición, retira la leche del fuego y añade el zumo de limón para cortarla.
    • Sigue removiendo unos minutos. Verás cómo se empiezan a hacer grumos separándose el suero.
    • Cuando veas que hay bastante grumo, vierte el contenido en un colador grande o escurridor que previamente hemos recubierto con el pañuelo. Así separarás definitivamente el líquido del grumo.

      nosotros hemos usado una vaporera

    • El pañuelo no tiene por qué ser especial para queso (aunque los hay, si buscáis en internet “cheese clothing” veréis que es bastante común). Nos vale un pañuelo blanco de tela de los de toda la vida, o las que sois mamás tendréis algún pañuelo/gasa de bebé o simplemente un filtro de café grande. El objetivo es escurrir el máximo de agua, sin perder lo sólido.
    • Presiona lo máximo posible (cuidado con no quemarse) y deja escurrir unos minutos. Cuando no esté tan caliente, dale la forma que deseas y déjalo escurrir aún más; esta vez pon encima algo de peso (una olla más pequeña con un litro de agua es suficiente).
      • En cuarenta minutos tendrás tu queso paneer casero.

Este queso no tiene sabor. Es como comer queso fresco pero todavía más insípido. Nosotros sólo lo usamos para luego cocinarlo con el curry cuando vienen amigos vegetarianos. Con la salsa del curry, el queso se impregna de sabor y el resultado es otra cosa. Si lo quieres para comerlo sólo… mejor prueba una receta de requesón o queso fresco. 😉

Después de preparar la salsa de curry, cortas el queso paneer en cubos y los incorporas para que cojan todo el sabor.

Deja que el queso repose con la salsa quince minutos a fuego lento y añade cilantro fresco al gusto.

Añade arroz si quieres completar el menú. ¡Tachán!

El aburrimiento: una necesidad.

Este verano he tenido el privilegio de tener más de tres semanas seguidas de vacaciones. Hacía muchos años que no sucedía algo así… Pero antes de tener mi descanso, fui a un campamento de verano como monitora. Estaba un poco nerviosa por si había perdido facultades. Estar con niños 24/7 siempre es agotador, pero seis años de maternidad desgastan cualquier reserva de energía.

El campamento fue fenomenal. Una semana de actividad sin parar, de muchas risas y ternura, de algún que otro estrés…pero muy productiva y bastante provechosa. Para los niños y para mí.

Descubrí algo que llamó poderosamente mi atención…esta generación venidera vive en perpetua actividad. No pueden estar ni cinco minutos en paz. Empezábamos alguna actividad y a los diez minutos ya querían saber qué era lo siguiente. No saben ESTAR en el presente, no les hemos enseñado a vivir al 100% en el momento…siempre necesitan ir un paso por delante. Hemos cortado por tanto su derecho a aburrirse. ¿Quién no ha tenido un largo verano de aburrimiento alguna vez en su vida?

Quizás no entiendes a qué se debe mi defensa del aburrimiento ocasional. Déjame ponerte en situación:

El aburrimiento es el impulso hacia la actividad, estimula la imaginación, nos hace tomar iniciativa, nos saca de la rutina que no deseamos… Descansa nuestra mente hasta que cogemos la fuerza necesaria, hasta que recargamos pilas. O al menos esa es la teoría con la que me identifico. Para mí. (y muchos otros) el aburrimiento es la antesala de la creatividad.

Otras personas son de la opinión contraria. Creen que el aburrimiento mata la creatividad, intensifica la rutina y por tanto, es algo a evitar. Sobre todo en el caso de los niños. Evitar el aburrimiento requiere mucha energía, imaginación, planificación y desgaste. Y a veces no cumples el objetivo.

Personalmente, creo que el tratar de esquivarlo, nos llenamos de actividades frenéticas que no nos permiten disfrutar de lo que hacemos, ni plantearnos si esto o lo otro nos gusta o no. Pienso que nos impide impregnarnos del ahora y desperdiciar ocasiones que sólo nos ofrece un preciso momento.

Creo que el aburrimiento en pequeñas dosis es necesario para nuestro desarrollo, para nuestro encuentro con la felicidad, para realizar nuestros proyectos de manera satisfactoria… ¿Qué pensáis vosotros?

Vivir a través de los hijos…

Uno de mis mayores miedos ha sido ese.

Siempre he estado interesada en un montón de cosas diferentes: música, deportes, medicina, literatura… Me gustaba tanto todo que tuve serios problemas para escoger itinerario en Bachillerato y equivoqué mi elección el primer año de carrera universitaria, teniendo que cambiar al año siguiente.

Por eso, me ha dado miedo proyectar en mis hijos mis propios deseos, mis propias inquietudes… Es difícil contener la emoción cuando demuestran interés genuino por una de mis pasiones. Me resulta complicado no “empujarles” para que vayan en cierta dirección. Y eso que lo contrario tampoco es positivo, pienso yo. Hay que alimentar sus intereses, ayudarles a ser constante porque… ¿cuántas cosas se me habrían quedado en el tintero si mis padres no me hubiera enseñado a perseverar?

Amo la música y, por el momento, los dos son seres musicales de forma natural. Están aprendiendo música en casa, pero aún no les llevo a ningún tipo de enseñanza reglada. Quizás por mi experiencia agridulce de parálisis creativa y mucha técnica. Me siento con Stella a tocar el piano, su padre enseña acordes guitarreros y ritmos en la batería a Lucas, cantamos juntos, bailamos juntos… pero, por ahora, no hay intención de llevarlos a clases de instrumento.

Mi hija tiene el ritmo en el cuerpo y, como aún es pequeña, no tenía muy claro lo de apuntarle a clases de nada. Tampoco me decidía entre todo lo que me ofrecían. ¿Qué será mejor para ella? ¿Ballet?… pero, ¿no será demasiado rígido para mi pequeña de espíritu libre? ¿Danza moderna? La escuela más cercana está lejos, y mi horario de trabajo dificulta mucho las cosas…

El caso es que desde hace meses, Stella no quiere ver dibujos en la tele. Siempre me pide ver los Europeos de Gimnasia Rítmica. Lo mira fascinada y luego intenta copiar cada paso, cada gesto, cada coreo… La gimnasia rítmica es una de las cosas que abandoné de pequeña aunque la disfrutaba mucho. Tuve que elegir por horario entre la música y la gimnasia. Pero hubo otros motivos que me hicieron decidir: no estaba interesada en competir, me gustaba practicar pero mi interés por campeonatos y demás era nulo; una entrenadora me dijo claramente (a los ocho-nueve años) que mi cuerpo no era propio de una gimnasta (culona, bajita y piernas cortas, por citar palabras exactas)…

El caso es que no quiero forzar con mi entusiasmo a mi niña. Me hace feliz pensar que lo va a disfrutar tanto como yo lo disfruté… pero me da terror que se adentre en un mundo competitivo y exigente hasta el punto de perder la motivación real. Buscando y rebuscando, he encontrado a una profe-gimnasta maravillosa, más interesada en el disfrute de los niños (sí, sí, digo niños porque en su clase hay niñas y niños) que en “exprimir” las cualidades para la competición. Así que vamos a probar, no diré que no estoy un poco tensa… pero ver su cara de felicidad merece la pena.

Pienso que es importante abrirles el abanico de posibilidades y que ellos vayan eligiendo lo que de verdad les interesa. El problema que he visto a menudo es la falta de continuidad que provoca el tener tantas opciones. Tengo alumnos que han empezado diez cosas diferentes y sólo tienen 9 años. No veo mal que prueben de todo un poco… pero también he visto a adultos frustrados por no continuar con las aficiones que empezaron de niños.

Para mí, que soy cabezota y termino las cosas aunque sea dándome golpes contra la pared, esa no es una opción; yo voy a fondo con lo que decido.Reconozco que es una premisa inculcada por mis padres y acentuada por mi carácter. Pero para mis hijos, quiero intentar ser más abierta de mente y dejarles probar hasta que den con lo que les llene de tal manera, que nunca se cansen de aprender.

No vivir a través de ellos mis sueños, sino que ellos fabriquen y disfruten los suyos propios. Esa es mi elección, esa es mi meta.

(Imagen destacada tomada de la campaña realizada por la gimnasta Almudena Cid para la marca Nike)