Los seres humanos experimentamos las emociones desde el primer momento de nuestra vida. A medida que pasa el tiempo, aprendemos a reconocerlas, expresarlas, comunicarlas a los demás, canalizarlas, disfrutarlas… Es todo un proceso. Un proceso largo y lento que yo comparo con el camino de un caracol.
Me he visto reflejada en este símil más de un millón de veces. Yo soy así. Paso por la vida con mi sensibilidad (hipersensibilidad problemática, para describirme más exactamente) y cuando las emociones son muy intensas y me hacen mucho daño, me meto en mi “casa-caparazón” donde nadie más que yo puede entrar. Me quedo ahí un tiempo, mientras reflexiono y se me pasa el miedo… y cuando me siento un poco más segura, vuelvo a salir… a arrastrarme por este proceso de convivencia con las emociones.
Si para un adulto es complicado, en el caso de los niños el manejo de las emociones da un giro de tuerca más. Sí, es posible. Comprended que un niño no es capaz de poner en palabras lo que siente, que a veces ni siquiera reconoce qué es lo que le está pasando… por qué se siente así o asá es todo un misterio indescifrable y sólo quieren soltarlo. De cualquier modo. A veces con rabietas, otras con llanto; quizás con pesadillas o síntomas físicos (malestar, enfermedades…etc), en ocasiones a carcajada limpia…
Ayer recogí a mis hijos en el colegio. Todo parecía ir bien: besito, ¿cómo ha ido el día?, ¿qué tal lo has pasado?… bien, mami; tengo hambre, vamos a casa… Lo típico y normal. Pero no.
Resulta que al llegar al coche, al cerrar las puertas, abrocharse el cinturón, acabar con la rutina… Mi hija rompe a llorar como si no hubiera un mañana. Un llanto desconsolado, aparentemente sin motivo; un llanto que no me hacía pensar en dolor físico, ni golpes, ni peleas con su hermano. Un llanto que me desconcierta… y más tratándose de ella, que normalmente no es tan sentida.
Cuando se logra calmar me explica que en clase. su profesora ha quitado el rincón de los disfraces que tanto le gustaba. Yo sigo sin comprender el por qué de la profundidad de su llanto. Y al final, me transmite la razón real. “Lloro aquí porque si lloramos en clase, XXXXXX (dícese su maestra), nos pone una carita triste en la mano CON ROTULADOR para que no se nos borre y en la tabla de comportamiento“.
Intento razonar con ella mientras me late el corazón a mil. Le intento explicar que tal vez eso sea cuando los niños están llorando todo el rato o similar. Y ella repite que no, que es a quien llora. Porque ya son mayores. Y los niños mayores no pueden estar llorando en clase. Y además, al que se queja todo el rato, le ponen en el rincón de pensar con un chupete colgado al cuello.
Se me cae el alma a los pies. La represión de los sentimientos y las emociones en la escuela llevada al límite. ¿Realmente no vemos el daño que les causamos a los niños pidiéndoles que escondan, oculten, repriman y guarden para sí cualquier tipo de emoción que nos “moleste” a nosotros, los adultos?
Así que, como no puedo cambiar la realidad cotidiana de mi hija y su clase seguirá siendo su clase, le he recalcado que, en esta familia, todos podemos sentirnos tristes o alegres, o enfadados o lo que sea… que podemos reírnos, llorar, enfadarnos o refunfuñar. Pero sobre todo que podemos decirlo, buscar consuelo, compañía o comprensión, que nos podemos contar las cosas y ayudarnos. Que eso no está mal. Que las emociones son buenas y que en casa nos gustan.
Espero nunca llevar a un niño a callar sus emociones en mis clases. Espero ser más sabia.