Reafirmarse.

A veces, sobre todo tras épocas como la que acabo de vivir, es necesario no sólo hacer apología de tus principios y valores… sino también reafirmarte en ellos.

Resulta imprescindible una de mis adoradas listas en las que todo queda claro, ordenado y simple. El saber por qué haces las cosas, para qué sufres “empecinándote” en tus ideas es fundamental para no desanimarte y dejarte vencer por las presiones y las desilusiones.

Nadie dijo que fuera fácil, aunque tampoco esperaba que la vida fuese tan difícil.

1. Tu dinero no compra mi moral.

2. Puede que seas mi “cliente” pero no eres mi jefe. Tú no diriges mis pasos profesionales.

3.Que yo sea flexible no siginifica que puedas aprovecharte de mí.

4. Noemí, for your own good, aprende a decir: NO. Es una palabra mágica que te evitará muchos líos si la utilizas en el momento correcto.

5. No puedes, ni quieres, ni debes (y sobre todas las cosas, no es sano), tratar de agradar a todo el mundo. Asúmelo, adáptate y sé fuerte en tus habilidades y menos débil en tus flaquezas.

6. Creo en la Educación que integra, que impulsa, que respeta la individualidad, que potencia las diferencias, que se hace fuerte en la personalidad; creo que en la fuerza arrolladora de la empatía, la comunicación y la socialización. No vas a cambiar eso, ni pienso tomar el camino fácil.

7. Mi forma de vivir, no pretende molestarte ni ofenderte. Vivo, me comporto, trabajo y me relaciono de esta manera porque es la más honesta hacia mi persona y mi pensamiento. No sientas la obligación de tratar conmigo si no lo deseas.

8. Soy flexible, pero resulta que soy obstinada en las cosas que considero importantes. No creas que no he reflexionado antes de tomar una postura… pero mis decisiones en ciertas áreas son muy firmes.

9. Todos mis alumnos son un tesoro. Algunos tienen personalidades más fuertes, otros son más tranquilos… pero todos me aportan y enseñan. Yo quiero ser la mejor con todos. No hago distinciones en mi trato.Tampoco con mis hijos. Respeto su persona y trato de ayudarles en su proceso de desarrollo.

10. Respeto no significa pasividad. Intervengo, me preocupo y actúo. Soy consciente del valor de las personas en las que invierto gran parte de mi vida.

Dicho esto, os dejo con un tema (pedazo de artista que está haciendo covers) que aligere la carga y con la promesa de no hablar más de este tema… al menos en unos cuantos meses. 😉

Ética VS Dinero

Trabajar en Educación ya es un reto de por sí, pero trabajar en la Educación privada lleva los desafíos a otros niveles.

A lo largo de mis años en esta dura/bonita profesión he vivido varios episodios desagradables pero jamás tan horribles como el de ayer.

En el ámbito privado, obviamente, hay un factor influyente que escapa de mis responsabilidades docentes: el dinero. Entendedme, no tiene nada de malo el recibir un justo pago por tu trabajo. Y yo trabajo mucho. Trabajo con todos mis sentidos en lo que hago, trabajo responsablemente, pongo toda la carne en el asador, me preocupo genuinamente por mis estudiantes… No me intento tirar flores. Pero estoy harta de no saber “darme reconocimiento” o simplemente, valorar lo que hago.

Sé enseñar y lo hago bien. Soy imparcial con todo el mundo y me trago mis preferencias basadas en afinidad o no de carácteres… porque entiendo que cada uno de mis alumnos merece la misma atención, el mismo respeto y la misma inversión de esfuerzo.

Por eso, no soporto que se haga chantaje a un maestro para obtener lo que un grupo de padres (madres, en la mayoría de los casos… Y me duele tener que cargar contra mi género) consideran que es mejor.

El dinero consigue añadir una presión innecesaria al profesional que intenta impartir clase, compartir conocimientos y experiencias y guiar a los niños a que piensen críticamente. Con este mensaje de “si no haces lo que yo te digo, quito al niño y te quedas sin mi dinero“, crean todo un sistema de pensamiento que he visto usar infinidad de veces a esos niños de cole privado para echar a un profesor porque no les cae bien, o les hace trabajar demasiado. Con esta declaración de principios se logra que las personas piensen que el que tiene el dinero, tiene la razón.

Por eso, me niego a ser inmoral. Me niego a ceder a chantajes y presiones. Me niego a aislar a niños porque el resto de familias no sepan educar en el respeto a los compañeros y, sobre todo, me niego a aceptar las mentiras que usan como excusa para tapar sus cochinas intenciones.

Y si me quedo sin un sueldo digno por mi trabajo, prefiero dinero que no manche mis principios.

El segundo método de chantaje es más sútil. Sólo se puede intentar si encontramos un docente con el perfil adecuado. Es mi caso; tengo ese tipo de carácter que me hace tremendamente difícil poner distancia emocional en las cosas que hago. No aprendo. Creo que es peor no implicarme a todos los niveles y… sobre todo, trabajando a nivel privado, coger distancia es lo mejor. Es un método de ser higiénico en el negocio, que ayuda a la toma de decisiones y que facilita la resolución y superación de conflictos.

Ayer fue el peor día de mi vida profesional en mucho tiempo, pero he aprendido dos cosas muy importantes:

* El dinero no condiciona mi moralidad en los negocios. Mi motor de vida no es el dinero; es un recurso importante y ahora mismo necesario, pero no es mi prioridad.

* Debo transformar mi carácter para mejorar mi rendimiento laboral y preservar mi salud mental.

P:D: Y me niego a ser una madre que participe en “aquelarres“. Lo tenía claro, pero ahora todavía más.

El fracaso del sistema.

Como todos los veranos desde hace una larga temporada, me enfrento en mi trabajo al reto de “los amantes de los exámenes de septiembre“. Pobrecillos, no los quiero meter en una etiqueta a todos.

La verdad es que este año, el trabajo se reduce en ayudar a entender las cosas que no han logrado asimilar durante el curso. Sí, lo sé. En eso debería consistir mi trabajo del verano, en ayudar a preparar las recuperaciones… pero normalmente, y no exagero ni un poquito, mis veranos son más de “niñera castigadora” para adolescentes que han vagueado durante el curso y a los que sus madres soportan tan poco, que me pagan dinero para perderlos de vista unas horas. Mi papel veraniego suele ser el de carcelera.

Suena duro, pero os prometo que es totalmente verídico. Si pienso en mis experiencias con algunos de estos muchachos, llego a empatizar con esas madres a las que antes no entendía. El año pasado, sin ir más lejos, un par de simpáticos echaron cayena picante en mi té mientras hacía unas fotocopias. Menos mal que sabe más el diablo por viejo que por diablo y, al percatarme de sus sonrisas disimuladas cuando cogía la taza, decidí no beberla y hacer un par de pruebas. Me acercaba la taza a los labios como si fuese a beber y las sonrisas aumentaban… cuando la alejaba de mí, estaban expectantes y dejaban de sonreír. Al final de la clase, a solas, les dije que les había pillado y no salió ni un disculpa de sus bocas.

Otros veranos han sido duros; fundamentalmente me he dedicado a gastar mi energía en tratar de motivarles, no ya para los estudios, sino para que sean seres humanos VIVOS y dinámicos. Me he dejado la piel no sólo para que saquen un cinco en matemáticas o entiendan la formulación, sino para que al año siguiente, hayan aprendido a estudiar, a ser responsables, a ser organizados, a perseguir un reto, una meta…

Esta profesión-vocación es una moneda de dos caras en cuanto a los sentimientos que provoca: una profunda satisfacción cuando logras respuestas en ellos y una infinita frustración cuando ves que de nada ha servido tu trabajo.

Es como vivir con una esquizofrenia constante. Desgasta. Te sientes responsable por ellos, sientes además esos vínculos afectivos que se van creando, sientes pena, sientes cariño, sientes rabia a veces, tristeza, impotencia, alegría…

Todo se magnifica en verano, cuando tienes nueve meses de trabajo para hacer en mes y medio. Este año ha sido relajado en cuanto a comportamiento, duro en cuanto a trabajo. Chicos aplicados que han fallado en los exámenes por diversas causas, un par de vaguetes que asumen sus responsabilidades… pero adolescentes respetuosos, al menos y dispuestos a aprender.

No quiero echar todas las culpas al sistema, pero la verdad es que estoy viendo el deterioro a lo largo de los años. Veo a los chavales, resultado de experimentos educativos de los sucesivos gobiernos y comprendo que no entiendan nada, que sus bases sean flojas, que no tengan interés alguno…

Mis chicos de verano son en gran medida el resultado de un sistema podrido, obsoleto, absolutamente inútil a la hora de “medir” o valorar las capacidades de los alumnos; un sistema que aboca al aburrimiento, a la repetición de palabras sin sentido dichas de memoria, al sinsentido de operar sin comprender, del no saber relacionar… Ni siquiera les han dado herramientas para expresarse bien, ni referentes para poder argumentar por qué este sistema no les gusta, no les convence y no les sirve.

Este sistema ha fracasado. Este y todos los que vengan detrás de él a no ser que haya un cambio radical en la mentalidad y entonces, los señores de gobierno, esos que deben liderar a un país perdido como el nuestro, le den verdadera prioridad al tesoro más grande que tiene cualquier país: sus niños y sus jóvenes.

 

En la foto, un cuadro que me ha regalado el equipazo con el que trabajo (thanks boss, thanks compis) para no olvidarme de seguir dando lo mejor de mí en mis momentos de frustración.

 

Contratiempos

Rendida, me quito los zapatos. Hoy ha sido un día completo, lleno de contratiempos y leyes de Murphy, una tras otra…
Derrotada de antemano, me dispongo a luchar con mi negativismo y mi cansancio. Quiero llorar. Me siento como una niña tras un día duro de colegio.
En lugar de acompañarme en mi tristeza, en mi tremendismo, te sientas sonriente y me cantas canciones en tu guitarra.
E inevitablemente te devuelvo la sonrisa con lágrimas en  los ojos. Porque el cansancio es menos cuando tú estás ahí, porque la alegría se contagia. Sin palabras, compartes la maravilla que eres.
Y de repente, el día de porquería se convierte en música, en besos y en vida.
Thank you.

Reloj, no marques las horas.

Os comenté que quería rescatar algunas de mis historias de La Niña Melón. Pues bien, allá voy.

Para poneros en situación, en mis tiempos universitarios yo vivía en un pueblo pequeño de la periferia de Madrid. Para llegar a clase, debía coger todo tipo de transporte público y caminar; rezar porque el autobús no llegase ni un minuto más tarde de lo previsto para poder coger el tren, cruzar hasta los dedos de los pies para enlazar con el correspondiente autobús urbano y caminar 15 minutos cuesta arriba.

Empezábamos a las ocho y cuarto, así que el madrugón era de aúpa. Algunos días, después de llegar muerta de sueño y estresada, el querido profesor de turno no aparecía hasta el final de los cinco minutos de su segunda hora de clase. Además, yo trabajaba por las tardes, así que… digamos que no dormía demasiado.

Recuerdo despertarme medio alelada en la noche, mirar de reojo el reloj y un chute de adrenalina recorriendo mi cuerpo.

Reloj prestado por Lucas para ilustrar las torpezas de mami.

 

¡Las diez menos veinte! Dios mío, las diez menos veinte y yo en la cama. Me levanto como si tuviera un cohete adherido al trasero, me visto (camiseta al revés incluída), pienso en desayunar algo pero tengo el estómago cerrado por el estrés, cojo los bártulos y salgo de casa corriendo. Pensarás que he olvidado la parte: “me peino en cinco segundos” pero no, no se me ha olvidado. No me peiné.

Y salgo tal cual, sin mirar atrás, hasta llegar a la parada del autobús. Y es ahí cuando noto algo “extraño“. Está demasiado oscuro, y no hay ni un alma por la calle.

Los más observadores ya os habréis percatado,.. ¡tenía el reloj bocabajo y sólo eran las tres y diez de la madrugada!

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He de decir en mi favor, que mi despertador de entonces no tenía números, sólo marcas… aún así, no hay excusa. Eso sólo le puede pasar… a la Niña Melón.

Volví a casa, partiéndome de risa, medio cabreada conmigo misma, un poco avergonzada y más despierta que un búho. Lo mejor, mi madre cuando abrí la puerta. Su, “pero hija, vete a dar una vuelta si quieres a esta hora, pero no despiertes a media humanidad con tu marcha…¿y esos pelos? ¿Y por qué vas en zapatillas de andar por casa?”.

Ejem. En fin, señores. A estas alturas de la vida, se pueden contar las vergüenzas.

 

Oldies

No sé por qué será, pero cuando tengo una reunión con los profesores de mis estudiantes…me entra el nervio. Trabajando en una academia, he aprendido que la gente exige mucho, pero sin tomar en serio.

Algunos piensan que es intrusismo profesional, otros piensan que eres una “chiquilla que trata de sacarse algún dinerillo extra”, otros encuentran la perfecta excusa a sus incompetencias.

Nunca sé qué esperar. Algunos colaboran por el bien de nuestros alumnos en común, trazamos un plan compartido y todo sale genial.

A veces me reciben casi con puñaladas verbales, echándome la culpa de utilizar distintos métodos y liar a los pobres niños que no se enteran de nada. Yo, puedo prometer y prometo, que siempre lo hago “a la forma de los demás”, para evitar conflictos. Aunque piense que su método es una soberana porquería.

Hoy tengo una de esas reuniones, con una profesora que lleva rehusando verme desde hace tres años. Mi método de relajación es ir con tiempo y sobre todo, escuchar oldies, como este o este, que me hacen evadirme y me transportan a otros momentos de la Historia. No sé si con la esperanza absurda de que se recuperen los buenos modales y el respeto al trabajo de los demás.

Próximas entregas de una profesora que se estrella con sus buenas intenciones, día sí, día también.