Amor sí que se escribía con hache, como decía el famoso Jardiel Poncela.
Con H se escribe Humildad, que es lo que me has enseñado tú en estos nueve años de vida. A veces de forma suave y lenta, pero casi siempre en forma de bofetada inesperada que me ha sacado de mi estado arrogante. Tú me has enseñado a bajarme de mis razones, de mis argumentos y mirar desde los ojos de los demás. Me has enseñado que, aún buscando lo mejor, a menudo muestro lo peor de mí. He descubierto el sentido literal de “You know NOTHING“.
Con H se escribe Humor, que sin duda, es lo que he necesitado para sobrevivir a esta locura llamada maternidad, que te cambia la vida, te descuadra los planes y pone patas arriba tu pacífica y ordenada existencia. Cuántas carcajadas has provocado cuando estaba a punto de ponerme a llorar y dramatizar porque me sentía sola, ridícula, agotada o sobrepasada. Adoro nuestras canciones nocturnas, las coreografías espontáneas, tus chistes inventados, tu Spanglish encantador y tus percepciones de la vida.
Con H se escribe Honestidad, que es lo que he aprendido a ser conmigo misma y con los demás. Honestamente imperfecta. No puedes agradar a todo el mundo. Y estoy aprendiendo a aceptarlo, a ser transparente y no exigirme la luna ni el sol. A decir “basta” cuando no puedo más, o a pedir perdón cuando soy yo la que he hecho daño.
Con H se escribe Hermandad, que es lo que ha surgido a raíz de hablar con otras mujeres bellas, que se enfrentan a la misma locura maternal que yo. Y a las que no están en ese punto de la vida, pero te apoyan, te comprenden, te echan una mano para que puedas tener un momento para ti o seguir con las aficiones que tenías y las citas maravillosas con amigas y pareja.
Tu nombre empieza por L y amor, sin duda, empieza por H, hijo mío.