Redes sociales, averías y forros.

Iba a comentaros que he tenido unas cuantas semanas de caos y descontrol… pero eso ya lo sabéis porque siempre digo lo mismo. Creo que es nivel normal de estrés ahora mismo, así que no me regodearé en el tema.

Las primeras semanas de septiembre se reparten entre cero Facebook, boda en Benalmádena, colegios y trabajo.

La experiencia de volver a vivir sin total conexion a las redes ha sido bastante buena. Casi me ha dado pereza volver; estaba a gustito.

Lo mejor: no sentirme obligada a mirar el móvil cada poco tiempo (suena fuerte, pero se hace hábito el revisar de vez en cuando o cuando te entra notificación), conectar con gente por email con la que hacía mucho tiempo que no me extendía en las palabras, mucho tiempo para ocuparme de mis cosillas, el recuperar mi total abstracción…

Lo peor: perderme algún que otro cumple (lo sieeeeentoooo), no poder compartir tan fácilmente fotos con la familia y los amigos que están lejos… y son unos cuantos, no poder contactar con algunas personas que han cambiado de teléfono o cuenta de correo.

En general, balance muy positivo. Soy de las que pienso que desconectar de vez en cuando viene bien. Y más ahora  que estamos acostumbrados a exponernos tanto.

Ayer, forrando los ochocientos mil libros de mi hijo mayor – lo de las Ediciones Mochila Ligera está fenomenal para la espalda de los peques pero fatal para las madres que nos peleamos con el forro autoadhesivo- pensaba en cómo han cambiado las cosas desde que yo era pequeña como Lucas y empecé Primaria. Todo es totalmente diferente pero a la vez, bastante similar.

Su emoción al abrir los libros nuevos, el olor a descubrimientos por hacer, los nervios por no saber si va a ser muy difícil o no… Algunos de mis alumnos ahora no tienen libros, sino iPads, pero estoy segura de que los sentimientos son exactamente iguales.

Los que salen ganando con los iPads son las madres y padres de los pequeños… No me imagino nada mejor que no tener que pegar plástico autoadhesivo que también se autoenrolla en los momentos más inoportunos. El primer día de misión “proteger libros” fue un auténtico fiasco. Nos dio la risa, no pudimos terminar y un libro acabó algo perjudicado.

Lección aprendida. Al día siguiente, en lugar de ROLLOS de forro autoadhesivo compré el mismo producto pero en LÁMINAS, estiraditas, de las que no se enroscan sobre sí mismas cual serpiente cuando ya has conseguido quitar las burbujas de aire de la portada.

Mucho mejor, dónde va a dar… Aunque no nos lo pasamos tan bien como la noche anterior.

Hoy, viernes, último día de la semana (traducción: más gente con coche, más tráfico, más temprano hay que salir de casa) no ha sonado el despertador. Cuando me he dado cuenta de la hora, teníamos media hora para hacer toda la parafernalia mañanera. Los niños estaban dormidos todavía, así que los he tenido que vestir, poner los zapatos, peinar, preparar el almuerzo para el cole, el café para papá… todo en tiempo récord.

Casi sin aliento, he metido a los niños en el coche, les he abrochado los cinturones de las sillitas, he abierto la valla y me he metido en el coche, dispuesta a arrancar mi bólido y llegar a tiempo al bendito colegio… Pero como buena adepta a Murphy y su famosa Ley, algo ha tenido que ocurrir. El coche no ha arrancado.

Y es que cuando el día se tuerce, es mejor reír para no llorar, volver a casa con todos los libros perfectamente forrados (menos uno) y preparar una mañana calmada de desayunos, juegos y actividades con los niños.

Ya lo decía mi abuela: las prisas, hija, nunca son buenas.

Reloj, no marques las horas.

Os comenté que quería rescatar algunas de mis historias de La Niña Melón. Pues bien, allá voy.

Para poneros en situación, en mis tiempos universitarios yo vivía en un pueblo pequeño de la periferia de Madrid. Para llegar a clase, debía coger todo tipo de transporte público y caminar; rezar porque el autobús no llegase ni un minuto más tarde de lo previsto para poder coger el tren, cruzar hasta los dedos de los pies para enlazar con el correspondiente autobús urbano y caminar 15 minutos cuesta arriba.

Empezábamos a las ocho y cuarto, así que el madrugón era de aúpa. Algunos días, después de llegar muerta de sueño y estresada, el querido profesor de turno no aparecía hasta el final de los cinco minutos de su segunda hora de clase. Además, yo trabajaba por las tardes, así que… digamos que no dormía demasiado.

Recuerdo despertarme medio alelada en la noche, mirar de reojo el reloj y un chute de adrenalina recorriendo mi cuerpo.

Reloj prestado por Lucas para ilustrar las torpezas de mami.

 

¡Las diez menos veinte! Dios mío, las diez menos veinte y yo en la cama. Me levanto como si tuviera un cohete adherido al trasero, me visto (camiseta al revés incluída), pienso en desayunar algo pero tengo el estómago cerrado por el estrés, cojo los bártulos y salgo de casa corriendo. Pensarás que he olvidado la parte: “me peino en cinco segundos” pero no, no se me ha olvidado. No me peiné.

Y salgo tal cual, sin mirar atrás, hasta llegar a la parada del autobús. Y es ahí cuando noto algo “extraño“. Está demasiado oscuro, y no hay ni un alma por la calle.

Los más observadores ya os habréis percatado,.. ¡tenía el reloj bocabajo y sólo eran las tres y diez de la madrugada!

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He de decir en mi favor, que mi despertador de entonces no tenía números, sólo marcas… aún así, no hay excusa. Eso sólo le puede pasar… a la Niña Melón.

Volví a casa, partiéndome de risa, medio cabreada conmigo misma, un poco avergonzada y más despierta que un búho. Lo mejor, mi madre cuando abrí la puerta. Su, “pero hija, vete a dar una vuelta si quieres a esta hora, pero no despiertes a media humanidad con tu marcha…¿y esos pelos? ¿Y por qué vas en zapatillas de andar por casa?”.

Ejem. En fin, señores. A estas alturas de la vida, se pueden contar las vergüenzas.

 

La niña melón

Hace años escribí en una libreta naranja las historias de La Niña Melón. La Niña Melón era una caricatura de mí misma y contaba las situaciones graciosas que le pasaban a mi alter-ego torpe.

Hoy, rebuscando entre cajas de mi vieja habitación, he encontrado mi libreta naranja. La he abierto y he empezado a leer… Al principio me asomaba una pícara sonrisilla, que fue convirtiéndose en sonrisa amplia hasta acabar a carcajada limpia.

He revivido el viaje en tractor y la entrada triunfal en el pueblo, ante la sorprendida mirada de alumnos y madres, “la Cenicienta autobusera” que no llegaba al concierto e iba perdiendo zapatos por la carretera, el atraco ficticio a la gasolinera que imaginé una madrugada que me quedé encerrada en el baño de la misma… Mi primera conversación en Inglaterra. “Where are you from? Sorry (creía yo que decían). Excuse me, where are you from? Sorry! (volvía a entender yo) WHERE ARE YOU FROM? I´M FROM SURREY!!!!!

Y muchas, muchas más.

Y he decidido volver a contar las Historias de la Niña Melón, que ahora es la Mujer Melón y resulta que es madre. ¿Os apetece reíros? De mí, conmigo o de lo que queráis. 😉

Os dejo un enlace… no he podido encontrarlo con subtítulos pero es una serie de humor absurdo, que siempre me hace reír. Humor neozelandés, salpicado con musiquita.