El aburrimiento: una necesidad.

Este verano he tenido el privilegio de tener más de tres semanas seguidas de vacaciones. Hacía muchos años que no sucedía algo así… Pero antes de tener mi descanso, fui a un campamento de verano como monitora. Estaba un poco nerviosa por si había perdido facultades. Estar con niños 24/7 siempre es agotador, pero seis años de maternidad desgastan cualquier reserva de energía.

El campamento fue fenomenal. Una semana de actividad sin parar, de muchas risas y ternura, de algún que otro estrés…pero muy productiva y bastante provechosa. Para los niños y para mí.

Descubrí algo que llamó poderosamente mi atención…esta generación venidera vive en perpetua actividad. No pueden estar ni cinco minutos en paz. Empezábamos alguna actividad y a los diez minutos ya querían saber qué era lo siguiente. No saben ESTAR en el presente, no les hemos enseñado a vivir al 100% en el momento…siempre necesitan ir un paso por delante. Hemos cortado por tanto su derecho a aburrirse. ¿Quién no ha tenido un largo verano de aburrimiento alguna vez en su vida?

Quizás no entiendes a qué se debe mi defensa del aburrimiento ocasional. Déjame ponerte en situación:

El aburrimiento es el impulso hacia la actividad, estimula la imaginación, nos hace tomar iniciativa, nos saca de la rutina que no deseamos… Descansa nuestra mente hasta que cogemos la fuerza necesaria, hasta que recargamos pilas. O al menos esa es la teoría con la que me identifico. Para mí. (y muchos otros) el aburrimiento es la antesala de la creatividad.

Otras personas son de la opinión contraria. Creen que el aburrimiento mata la creatividad, intensifica la rutina y por tanto, es algo a evitar. Sobre todo en el caso de los niños. Evitar el aburrimiento requiere mucha energía, imaginación, planificación y desgaste. Y a veces no cumples el objetivo.

Personalmente, creo que el tratar de esquivarlo, nos llenamos de actividades frenéticas que no nos permiten disfrutar de lo que hacemos, ni plantearnos si esto o lo otro nos gusta o no. Pienso que nos impide impregnarnos del ahora y desperdiciar ocasiones que sólo nos ofrece un preciso momento.

Creo que el aburrimiento en pequeñas dosis es necesario para nuestro desarrollo, para nuestro encuentro con la felicidad, para realizar nuestros proyectos de manera satisfactoria… ¿Qué pensáis vosotros?

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Redes sociales, averías y forros.

Iba a comentaros que he tenido unas cuantas semanas de caos y descontrol… pero eso ya lo sabéis porque siempre digo lo mismo. Creo que es nivel normal de estrés ahora mismo, así que no me regodearé en el tema.

Las primeras semanas de septiembre se reparten entre cero Facebook, boda en Benalmádena, colegios y trabajo.

La experiencia de volver a vivir sin total conexion a las redes ha sido bastante buena. Casi me ha dado pereza volver; estaba a gustito.

Lo mejor: no sentirme obligada a mirar el móvil cada poco tiempo (suena fuerte, pero se hace hábito el revisar de vez en cuando o cuando te entra notificación), conectar con gente por email con la que hacía mucho tiempo que no me extendía en las palabras, mucho tiempo para ocuparme de mis cosillas, el recuperar mi total abstracción…

Lo peor: perderme algún que otro cumple (lo sieeeeentoooo), no poder compartir tan fácilmente fotos con la familia y los amigos que están lejos… y son unos cuantos, no poder contactar con algunas personas que han cambiado de teléfono o cuenta de correo.

En general, balance muy positivo. Soy de las que pienso que desconectar de vez en cuando viene bien. Y más ahora  que estamos acostumbrados a exponernos tanto.

Ayer, forrando los ochocientos mil libros de mi hijo mayor – lo de las Ediciones Mochila Ligera está fenomenal para la espalda de los peques pero fatal para las madres que nos peleamos con el forro autoadhesivo- pensaba en cómo han cambiado las cosas desde que yo era pequeña como Lucas y empecé Primaria. Todo es totalmente diferente pero a la vez, bastante similar.

Su emoción al abrir los libros nuevos, el olor a descubrimientos por hacer, los nervios por no saber si va a ser muy difícil o no… Algunos de mis alumnos ahora no tienen libros, sino iPads, pero estoy segura de que los sentimientos son exactamente iguales.

Los que salen ganando con los iPads son las madres y padres de los pequeños… No me imagino nada mejor que no tener que pegar plástico autoadhesivo que también se autoenrolla en los momentos más inoportunos. El primer día de misión “proteger libros” fue un auténtico fiasco. Nos dio la risa, no pudimos terminar y un libro acabó algo perjudicado.

Lección aprendida. Al día siguiente, en lugar de ROLLOS de forro autoadhesivo compré el mismo producto pero en LÁMINAS, estiraditas, de las que no se enroscan sobre sí mismas cual serpiente cuando ya has conseguido quitar las burbujas de aire de la portada.

Mucho mejor, dónde va a dar… Aunque no nos lo pasamos tan bien como la noche anterior.

Hoy, viernes, último día de la semana (traducción: más gente con coche, más tráfico, más temprano hay que salir de casa) no ha sonado el despertador. Cuando me he dado cuenta de la hora, teníamos media hora para hacer toda la parafernalia mañanera. Los niños estaban dormidos todavía, así que los he tenido que vestir, poner los zapatos, peinar, preparar el almuerzo para el cole, el café para papá… todo en tiempo récord.

Casi sin aliento, he metido a los niños en el coche, les he abrochado los cinturones de las sillitas, he abierto la valla y me he metido en el coche, dispuesta a arrancar mi bólido y llegar a tiempo al bendito colegio… Pero como buena adepta a Murphy y su famosa Ley, algo ha tenido que ocurrir. El coche no ha arrancado.

Y es que cuando el día se tuerce, es mejor reír para no llorar, volver a casa con todos los libros perfectamente forrados (menos uno) y preparar una mañana calmada de desayunos, juegos y actividades con los niños.

Ya lo decía mi abuela: las prisas, hija, nunca son buenas.

Tierra

Se dedica a hacer castillos de arena cada tarde en la orilla.

Piensa que, esta vez, el mar no podrá destruirlo. Pasan los días y crece su obstinación. El mar no podrá llevarse siempre el fruto de su esfuerzo. Eso es lo que piensa; lo que quiere creer.
Cada castillo es mejor que el anterior, más resistente, más cuidado en detalles, más grande… Pero noche tras noche, las olas borran cualquier rastro de sus creaciones.

Su frustración crece, pero su cabezonería también. Su lucha no es igualada, pero no quiere verlo…no lo acepta. Se golpea mañana  tras mañana con la realidad de la playa vacía, de su castillo deshecho.

 

OLYMPUS DIGITAL CAMERAAl fin un día comprende…y espera a las olas nocturnas para acompañarlas mientras destruyen sus fortalezas de arena.

Al fin comprende y ya no lucha. Se dedica a jugar con las olas y a maravillarse con su fuerza. La cabezonería desaparece y aparece la felicidad. Sigue haciendo castillos, pero no se entristece si a la mañana siguiente no están; tampoco invierte todo su tiempo en construir y se dedica a disfrutar. Prueba nuevas formas, añade piedras y conchas por el simple gusto de decorar, sin pensar en su función estructural.  A veces, incluso, se permite el gusto de robarle a las olas su papel destructor y pisa con fuerza la arena mojada, destruyendo lo que cinco minutos antes era su orgullo.

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Es libre de su tozudez, es libre de su orgullo, se ha vaciado de toda frustración o rencor. Ahora disfruta de cada paso, de cada día, de cada borrón y cuenta nueva, de cada sol…-

Agosto

Esperé impaciente que llegase y, sin darme cuenta, casi se marchó.

Agosto, este año, es sinónimo de descanso, familia, amigos, diversión, viajes y alegría. Intentaré resumir mucho para no aburrir a nadie a la vez que comparto mis buenos momentos con vosotros.

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Agosto comenzó en la carretera, en un coche con mucha música y muchos kilómetros por recorrer. El destino merecía el esfuerzo… el vecino Portugal. Costa atlántica, recortada, tranquila, no invadida (aún) por el turismo en masa…

Podría describir mil  paisajes, contar anédotas, situaciones, conversaciones con amigos y lugareños. Pero creo que será más provechoso y menos aburrido si os dejo unas fotos y completáis con vuestras palabras las historias.

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Y aquí nuestro compañero de noche de Gintonics…

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Sí, sé que da un poco de repelús, pero al final hasta le cogimos cariño.

Después de una semana en el país vecino, tuvimos que volver a Madrid para la boda de una persona muy querida que además nos permitió reunirnos con mi amiga de toda la vida y su familia. Un par de días divertidos y llenos de buena compañía (muchos niños y mucha vida).

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Después salimos otra vez de viaje para el país vecino, pero por otra zona y en otro plan; primera vez que acampamos con los niños. Porto ciudad, el casco antiguo, me gustó mucho. Pero hacía mucho viento y frío, así que decidimos subir a Baiona con nuestros amigos, que venían de visita desde las Antípodas.

Nunca había estado en esa zona de Galicia y, la verdad, quedé impresionada. A Lucas le encantó el tobogán de la piscina, conocer niños y presentarse él solito en el camping, explorar la playa… Stella se quedó totalmente enamorada del castillo, nos hizo recorrer las murallas de principio a fin e inventó historias desde las almenas. Yo disfruté de las vistas, de la maravillosa puesta de sol frente a las Islas Cíes y de la amistad de personas que tardaré años en volver a ver (odio la distancia, cada día más).

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Agosto casi ha terminado… y las vacaciones con él. Pero ha sido un mes para recargar pilas, pasar tiempo con personas especiales que por desgracia viven lejos, disfrutar de la naturaleza, aprovechar cada segundo con nuestros niños y sobre todo, de tranquilizar los locos pensamientos, apaciguar el alma y llenar de paz el corazón.

 

 

La Huerta de Las Flores

El jueves era festivo en Madrid y aprovechamos el día para desconectar del estrés y subir a la Sierra.

Los chicos tenían un evento, pero no sabían explicarnos muy bien en qué consistía.  Cuando llegué allí… sólo puedo decir que me engañaron. Pero para bien. Ante mis ojos, la Huerta de las Flores se presentaba mágica y radiante, llena de fruto y verde para darnos la bienvenida. Un sitio mágico y perfecto para el día que nos esperaba: un almuerzo Pop Up de Norema Salinas Catering.

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Aprovecho para recalcar que esta entrada no tiene como objetivo publicitar a esta empresa. Ante todo, son amigos y quiero compartir con vosotros la experiencia tan fantástica que disfrutamos. Profesionales como la copa de un pino, pero cercanos y generosos. Detallistas, cuidadosos con cada bocado y cada set… pero personas auténticas que, de corazón, quisieron que formasemos parte de aquel evento.

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Dicho esto, os hablo un poco del proyecto de La Huerta. Tres familias, un objetivo, mucho trabajo e ilusión a raudales. En La Huerta se cultivan todo tipo de delicias de manera tradicional y ecológica, libre de pesticidas, insecticidas y demás. Trabajo diario, artesanal, duro… pero que tiene recompensa cuando saboreas el producto final. Da gusto ver que hay gente joven que se preocupa, se implica y se compromete con la Tierra y con la salud. Arranca ahora lo grande, pero llevan mucho tiempo trabajando en lo pequeño. Un gusto. La localización quita el hipo. Una huerta gigantesca rodeada por la Sierra Norte madrileña. La inmensidad tocando el cielo.

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La degustación de los productos de La Huerta nos transportó a la gloria, mientras nuestros “intrusos” amenizaban el tiempo de copas “chillout rústico” (alpacas de paja recubiertas de lino, básicamente) con sus mochilas sonoras. Tiempo de música y relax.

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Así empezó el almuerzo, con unos aperitivos riquísimos y naturales en forma de queso con miel autóctona, polen, pisto y calabacines de la huerta, cervezas artesanales exquisitas (no exagero ni un poco, os lo prometo) y fresquitas y gazpacho diferente.

Un pequeño adelanto de lo que nos esperaba en la mesa…

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Fue un día festivo en el que mayores y pequeños disfrutamos como locos de la comida, las vistas, las compañías, las flores, el agua, el campo y la amistad.

Gracias a todos por vuestro esfuerzo y vuestro trabajo. Desde el chef, hasta la organizadora, los camareros, los hortelanos, los músicos, los amigos que nos acompañaron hasta los niños. Todo fue especial, cada minuto mereció la pena.

No puedo esperar a la siguiente.

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Reconciliación con la Alcarria

Y lo digo así de claro, porque por primera vez vuelvo de Guadalajara ciudad con una sonrisa en la cara.

Para poneros en situación, os contaré que precisamente en el peor momento de mi vida personal, los planetas se alinearon y mi maravillosa universidad complutense (la de Alcalá, que es la original aunque los gatos madrileños nos hayamos apropiado del nombre) decidió mandarnos a Guadalajara a estudiar Magisterio.

Ir hasta allí era mi tortura personal. A pesar de vivir no demasiado lejos, en transporte público gastaba de media tres horas al día, entre ida y vuelta. Eso, los días en los que no perdía ninguna de las conexiones. No era lo más recomendable para la poca motivación que tenía.

Guadalajara me parecía fría, gris, fea, sosa. La miraba con mis ojos cansados por la mañana, con mis ojos decepcionados al acabar las clases. Guadalajara era sinónimo de rutina tediosa, salvo por los compañeros y los ratitos en “El Walter” (bareto del al lado que hacía las veces de Cantina). Proyectaba en la ciudad mis ruinas interiores.

Así que esta semana, he cambiado al fin mi perspectiva. Todo gracias a una persona vital a la que tengo que agradecer un café agradable y un bizcocho muy rico en la mejor de las compañías. Al salir de ahí, hasta he descubierto algunos parques (un poquito de verde sobre el gris), he pasado por la universidad y el edificio no me ha molestado tanto a la vista, he apreciado el Palacio del Infantado y he suspirado con nostalgia al ver que mi querido Walter se ha transformado en “El rincón Alternativo“. Mucho más universitario, sin duda.

Ir en coche ha reducido mi impresión de estar encarcelada allí; he leído los carteles de la miel alcarreña y mi bolso, precioso y primaveral, me hace pensar en una una ciudad más amable que la de mis recuerdos.

Así que, gracias Let´s Rock Mamy y Dandelion Breeze por reconciliarme con la Alcarria de mis años estudiantiles.