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Ya no pisas los charcos para mojarme. Ahora, cuando llueve, hasta usas paraguas. Antes, nos refugiábamos en cualquier soportal a esperar que pasaran las nubecillas grises, o nos sentábamos en una cafetería si la cosa se ponía fea, más para abrazarnos que para tomar café.

Bajo tu capucha se escapaba un mechón rebelde y tus ojos brillaban más que las gotas de lluvia que nos empapaban. Teníamos los pies mojados y el corazón contento.

Ya no pisas los charcos del camino. Los esquivas con elegancia, con movimientos que hacen juego con tu traje de señor desconocido. Y yo, te miro desde lejos, sin saber qué hacer.

Ya no estornudas a la vez que ríes; ahora sacas un pañuelo de tu bolsillo y me miras con ese gesto tan serio. Me miras casi con gesto paternal, deseando ponerme  a cubierto de la lluvia. Pero a mí, el agua no me molesta.

Llueve… llueve dentro de nuestro refugio. Llueve a mares y no estás aquí. Las cosas que un día compartimos, nuestras cosas, salen flotando por las puertas y las ventanas. Se pierden, se estropean, se mojan, se deshacen…

Lloro, lloro y lloro… Mi cara empapada de gotas saladas porque hemos perdido la magia de las tardes lluviosas que acababan con besos y resfriados, después de sonrisas que parecían eternas.

Ya no pisas charcos, ni me sonríes, ni me ofreces cobijo bajo tu paraguas. Ya no miras la lluvia desde mi ventana, ni me gastas bromas, ni me regañas por mojarme bailoteando fuera. Ya no pierdo autobuses por darte besos, ni fortunas para hablar contigo…

“Sólo sé que vi llover, vi gente correr… y no estabas tú”.

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Oldies

No sé por qué será, pero cuando tengo una reunión con los profesores de mis estudiantes…me entra el nervio. Trabajando en una academia, he aprendido que la gente exige mucho, pero sin tomar en serio.

Algunos piensan que es intrusismo profesional, otros piensan que eres una “chiquilla que trata de sacarse algún dinerillo extra”, otros encuentran la perfecta excusa a sus incompetencias.

Nunca sé qué esperar. Algunos colaboran por el bien de nuestros alumnos en común, trazamos un plan compartido y todo sale genial.

A veces me reciben casi con puñaladas verbales, echándome la culpa de utilizar distintos métodos y liar a los pobres niños que no se enteran de nada. Yo, puedo prometer y prometo, que siempre lo hago “a la forma de los demás”, para evitar conflictos. Aunque piense que su método es una soberana porquería.

Hoy tengo una de esas reuniones, con una profesora que lleva rehusando verme desde hace tres años. Mi método de relajación es ir con tiempo y sobre todo, escuchar oldies, como este o este, que me hacen evadirme y me transportan a otros momentos de la Historia. No sé si con la esperanza absurda de que se recuperen los buenos modales y el respeto al trabajo de los demás.

Próximas entregas de una profesora que se estrella con sus buenas intenciones, día sí, día también.